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lunes, julio 21, 2008


Nuestro colaborador Santi Pérez, que tras construirse su propio barco pasó cinco años recorriendo la ruta de los navegantes portugueses desde Cangas de Morrazo hasta las islas de las Especies, nos cuenta en esta ocasión el primer capítulo de su último viaje por la costa malaya, un paraíso para la navegación aún no explotado por el turismo de masas.


POR LOS MARES DE MALASIA (I)

Por Santiago Pérez.

Hola de nuevo, soy Tiago y es posible que me recordéis de algún artículo que escribía para la revista del Náutico de Vigo. Contaba algunas experiencias a bordo del SIN RAZÓN, mi barco, en su travesía desde Cangas a Malasia en solitario o cómo vivimos el tsunami del 2004 durante una visita al barco.

Actualmente mi vida profesional está en Galicia y las visitas al barco se limitan a las vacaciones. Su puerto base fue desde 1999 Lumut, una ciudad situada en el estuario del río Dindings, base naval de la armada malaya, con una importante zona industrial y también unos bellos alrededores, sobre todo la isla Pangkor, situada protegiendo la desembocadura del río, con un activo pueblo pesquero, unas impresionantes montañas selváticas y algún hotel hiperlujoso integrado en la selva.

Este año, después de todo ese tiempo con el barco fondeado en Lumut, decidí, en parte debido a los problemas de contaminación de la zona por el parque industrial, llevar al SIN RAZÓN a aires más limpios, aunque también más turísticos (eso lo considero negativo), a la isla de Langkawi, 120 millas más al norte y ya en la frontera con Thailandia.

Langkawi es como un animal prehistórico posado en el mar. En vez de una isla es un archipiélago en sí, con casi cien islas, que ocupa un espacio similar a las rías de Arousa, Pontevedra y Vigo juntas, y con el litoral igual de recortado aunque muchísimo menos poblado.

Estoy escribiendo esto y me está entrando miedo de ser ?culpable? de mostraros un paraíso escondido, vulnerable como todos a una ocupación humana que pocas veces es sostenible, ese parece nuestro sino.
Pero confío en que sepáis guardar el secreto y también confío en unas autoridades malayas que saben perfectamente lo que tienen y ya han declarado santuario (Geoparque de la UNESCO) prácticamente los dos tercios del archipiélago.

Ya había estado antes, al estar situada en la frontera con Thailandia es el punto normal de entrada y salida para la zona de Phuket, uno de los más espectaculares y vírgenes campos de crucero del mundo y con el que Langkawi comparte sus características naturales.

Esta vez la llegada fue desde el sur y bastante agitada. Ya el día anterior completo había estado sufriendo un mar formado sin gota de viento. Me preguntaba de dónde vendría este mar y cuando se hizo de noche y el viento empezó a subir y los relámpagos a iluminar el cielo se confirmaron mis sospechas: una enorme tormenta tropical, formada por las formidables temperaturas diurnas empezó a descargar. Las dimensiones de estas tormentas son difíciles de saber, puede pasar en un par de horas pero esta parece que viene más en serio. De foque a tormentín, de un rizo a dos... esto va en serio, y con bastante mar. El SIN RAZÓN está encantado desperezándose y lavando la cubierta, aunque a mí me coge un poco más desentrenado y tengo que montar un pequeño número para pasar el cabo del segundo rizo (pocas veces es necesario ponerlo en estas aguas en las que lo que más abundan son las calmas podres).

El viento viene sin lluvia, indicador de que la tormenta es realmente grande y se va a estar toda la noche, y el cielo relampaguea continuamente con descargas que no caen al mar.

El rumbo es de ceñida pero no va a hacer falta dar bordos y, en unas cuantas horas, la sombra de Langkawi se va haciendo más grande hasta que nos ponemos a su sotavento y el viento empieza a aflojar, ya estamos.

El paisaje nocturno es impresionante, oscuros picos cubiertos de selva nos miran desde muy arriba, incluso los pequeños islotes son altos y escarpados y es muy difícil evaluar las distancias. Tardo un poco en situarme correctamente. Tengo la mala costumbre de no usar GPS e identificar islotes y puntas mediante marcaciones y carta y esta vez también me cuesta un poco escoger el paso que había previsto.

Llego al fondeo escogido amaneciendo y me desplomo agotado y feliz.

Vengo a tiro fijo, ya había venido en avión antes de ir a recoger el barco y había contactado con Rahmad, el gerente de un restaurante en el río Kilim, que cuida de los fondeos situados en su tranquilo brazo de río bordeado de manglar, acordando la reserva de una boya para el SIN RAZÓN.

Y no os aburro más por el momento, en otra entrega os describiré un poco mejor la isla y sus habitantes e iremos a buscar el río Kilim, que los caminos del mar son más anchos pero normalmente no tan predecibles como las carreteras. Hasta otra.

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